Tánger en 9 horas: crónica de un breve retorno

Vídeo de la Sinagoga Nahón grabado por Cheryl Riera Rivera

Solo fueron nueve horas, pero nueve intensas y emocionantes horas. Volví a Tánger por primera vez el 17 de mayo de 2023. Salí de allí con mis padres y mi hermana en 1968, vía Ceuta (en automóvil). Después cruzamos el estrecho hasta Algeciras, y de allí a Madrid en tren coche-cama, donde arreglamos los papeles para emigrar a Venezuela. Esta vez hice el trayecto desde Tarifa (el punto más al sur de Andalucía), pasando en ferry el estrecho en ruta opuesta a la que hicimos hace 55 años. 

Tánger ha cambiado mucho. Ha crecido, se ha modernizado, luce bastante limpia. Nuevos edificios contrastan con la Medina (la vieja ciudad) y la Casba (la parte amurallada), con sus casas blancas, estrechas callejuelas y pequeños comercios que venden de todo, desde especias, alfombras, marroquinería, pan, dulces, y también teléfonos móviles y aparatos electrónicos. 


Vista de Tánger desde la Medina

En Tánger nunca hubo una judería como tal (mélah como se dice en árabe), a diferencia de Tetuán y otras ciudades marroquíes. En la Medina de Tánger vivieron algunos judíos y allí se construyeron varias sinagogas, la más conocida que lleva el nombre de su creador, Moshé Nahón (fundada en 1878). También están las sinagogas Assayag (que lleva el nombre de Beit Yehouda, fundada en 1880), que hoy en día es un museo sobre la cultura y la vida religiosa de los sefardíes de Tánger, y la de Rabí Moshé Laredo (llamada Rebbi Akiva).

Las entradas de las tres sinagogas en la Medina.

La recuperación del patrimonio judío de Tánger se ha logrado gracias al trabajo incansable de la señora Sonia Cohén, a quien tuve la dicha de conocer en persona por pura coincidencia en la sinagoga Assayag. Ella, quien todavía vive en Tánger, es el motor de un proceso de restauración de los templos y de otros recintos de lo que fue alguna vez una comunidad muy activa que llegó a tener más de ocho mil almas en su mejor momento (hoy no llega a 20 judíos). Su padre, Don Aarón Cohén (Z"L), fue un notable miembro y benefactor de la kehilá, y hombre de empresa. De esa actividad emprendedora todavía queda a la vista el edificio Lux, que fue uno de los cines más populares de la ciudad (ahora convertido en Lux Mall).

Sonia Cohén en la sinagoga Assayag


Interior de la sinagoga Assayag.

El antiguo cine Lux fundado por Aarón Cohén.

Subir la montaña hacia California 

En camino hacia las Grutas de Hércules, uno pasa por el sector conocido como California (la Californie, en francés). Es la zona más exclusiva de Tánger con mansiones de lujo. Muchas de ellas pertenecen a adinerados emires y príncipes de Arabia Saudita y otros países del Golfo Pérsico. También está allí Le Mirage que no tiene nada que envidiarle a ninguno de los más exclusivos hoteles del mundo. 

Una de las mansiones en camino a la Californie


En la Californie de Tánger.

Antes de ir a las Grutas, nos detuvimos en el Cap Spartel, donde está el faro que ha sido reacondicionado por el gobierno marroquí, una pequeña joya arquitectónica con toques moriscos. El faro se encuentra justo en el punto donde se unen el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. Allí en el cabo nos tomamos un sabroso té de yerbabuena en una terraza que da hacia el mar.

Vista exterior del faro.


Vista interior del faro.

Ya en las Grutas de Hércules visitamos las cuevas de la que los fenicios y los bereberes (etnia fundamental en la constitución histórica, social y cultural de Marruecos) extraían piedras porosas redondas para moler trigo (y hacer harina) y aceitunas (y extraer aceite). A las Grutas me llevaba mi mamá, Ruth Serfaty de Nahón, a pasar las tardes sentados en la arena contemplando el océano/mar sin limites que teníamos frente a nosotros con la refrescante brisa que nos daba en la cara. 

Dentro de las Grutas de Hércules.

De Fez a Holanda 

Uno de los preciosos momentos de esta visita fue pasar por el edificio donde vivimos en la calle Fez (el número 71), al que reconocí por sus escaleras con pasamanos ondulados, aunque ya ha perdido el lustro que tenía en mi imaginación. Su ascensor con puerta corrediza (de esos de finales del siglo XIX y principios del XX) ya no funciona. El otro momento fue cuando, en pleno paseo por la calle Holanda, me detuve en el mismo sitio donde un fotógrafo amigo de mi padre Jacob Nahón (Z”L) nos tomó una foto a mi hermana Simy y a mí vestidos con los guardapolvos de la escuela (sería en 1967). Fue como un flash de memoria que me vino a la mente. Inmediatamente le pedí a mi esposa Cheryl Riera que me tomara una foto en ese lugar. 

Edificio donde vivimos en la calle Fez.


Izquierda: el autor con su hermana Simy (circa 1967). Derecha: foto tomada el 17 de mayo de 2023 por Cheryl Riera Rivera en el mismo sitio.

Después fuimos al sector de la Amsalah, una calle muy comercial donde mis padres tuvieron la farmacia. Fuimos bajando la pendiente de una zona muy animada por la gente que circulaba haciendo sus compras en los pequeños comercios donde se procuran los ingredientes para preparar los riquísimos platos y postres marroquíes. Donde estuvo la farmacia ahora hay una carnicería (se llama Imran). Al dueño actual del local no le hizo mucha gracia que yo tomara fotos. Dijo en árabe que él era el propietario del lugar, como si yo viniera a reclamar algo de lo que fue el local de mis padres (cosa que nunca estuvo planteada, ni cuando mi padre volvió de visita a Tánger en los años ochenta).

Esta carnicería fue alguna vez la farmacia de mis padres.

Antes de entrar al Zoco Chico (el pequeño mercado), nos detuvimos en la plaza con una fuente en el medio que está frente a una de las puertas de la Medina. Recordé, seguramente porque mi padre me lo contó alguna vez que, siendo muy pequeño, mientras estaba de mano de Shama, la nani mora que me cuidaba, me perdí entre la multitud que estaba en la plaza. El empleado que trabajaba en la farmacia, Baku, me consiguió y me llevó a donde estaba la pobre muchacha desesperada.

La plaza del Zoco Chico donde me perdí de niño.

El laberinto de la Medina

Previo a recorrer la Medina (la vieja ciudad), entramos a un museo dedicado a lo que se conoce como la declaración de la liberación de Tánger en 1947, nueve años antes de la independencia de Marruecos en 1956. Aunque Tánger tenía un estatus particular desde 1923, gobernaba por distintos países europeos de forma rotativa, en abril de 1947 el entonces sultán Mohammed Ben Youssef (después sería el rey Mohammed V) dio un discurso donde reclamaba la integridad del territorio marroquí (separado en dos protectorados, uno español y otro francés, además del área “internacional” de Tánger). El museo documenta ese momento en la historia del país, presenta a los diferentes sultanes alahouitas desde el siglo XVII, la misma dinastía que reina hoy en Marruecos, y a quienes lucharon y murieron por la independencia del país. 

El discurso del entonces Sultán Mohammed Ben Youssef en 1947 declarando la liberación de Tánger.

Como lo mencioné antes, en la Medina están las emblemáticas sinagogas y el cementerio judío antiguo (Beit HaJayim), donde se enterraron a personas hasta 1983. Al entrar en el camposanto, a mano derecha, están los panteones de las familias Nahón (una vertiente distinta de mi familia, pues nosotros venimos de Tetuán) y Hasán (uno de los apellidos notables de Tánger). Hay tumbas muy antiguas que ya no tienen inscripciones. Los apellidos sobre las lápidas que se pueden leer representan todos los tradicionales patronímicos de los judíos del norte de Marruecos.

Entrada del cementerio.


El panteón de la familia Nahón (foto: Cheryl Riera Rivera).

Ingresamos en el laberinto de la Medina que, sin un guía, es imposible recorrer sin perderse. Visitamos las dos sinagogas que estaban abiertas (Nahón y Assayag). Fue particularmente emocionante besar los tres sefarim (rollos de la Torá) que están en la sinagoga Nahón. Según el hombre que cuida el recinto, los sefarim son del siglo XVI. Esta esnoga es una verdadera joya de arquitectura con elementos moriscos y los tradicionales vasos colgantes que antes iluminaban el lugar con lámparas de aceite. 

Detrás de la sinagoga vivía su fundador Don Moshé Nahón. En la entrada de lo que fue su casa todavía se leen sus iniciales “MN” y el año “1876”.

Fachada de la casa de Moshé Nahón en la Medina.

En la Medina nos detuvimos en el pequeño mausoleo donde reposan los restos del famoso explorador tanjawi (originario de Tánger) Ibn Battuta, quien entre los años 1325 y 1354 hizo tres grandes viajes por el mundo recorriendo África, el Medio Oriente, Asia Menor, China, el subcontinente indio, y parte de Europa, incluyendo España.

Mausoleo de Ibn Battuta.

Allí también vi (aunque lamentablemente no tomé una foto), un mural que tenía la palabra en francés “Liverté” (con error ortográfico incluido) en memoria de lo que su autor o autores llamaron “nuestros mártires”. Entre los nombres de esos supuestos mártires estaban los de Yasser Arafat, Sadam Hussein, Muamar Gaddafi y Ossama Bin-Laden.

El laberinto de la Medina.

Al hablar con el guía nos dio la impresión de que el rey actual, Mohamed VI, es bastante popular entre los marroquíes, y especialmente entre los tangerinos, pues, a diferencia de su padre, Hassán II, este monarca ha promovido la inversión y el desarrollo de Tánger, tema para otra crónica. Sin embargo, el mismo guía nos dijo que las mezquitas de la ciudad permanecen cerradas cuando no hay rezos, que en el caso musulmán ocurren cinco veces al día. ¿Por qué? Para evitar que estos recintos religiosos sean usados por radicales para promover ideas fundamentalistas y reclutar a personas, especialmente jóvenes, que podrían estar inclinados a seguir versiones extremas del islam (tema también para otra crónica). 

Después de comer en la Medina, bajamos hacia la avenida Mohammed VI, antes avenida España, que bordea el mar. Desde allí vi la playa municipal a la que la íbamos con frecuencia con mis padres, hermana y primos que vivían también en Tánger: Salomi, Abraham y Clara, hijos de mis tíos Jaime Israel (Z”L) y Nelly Serfaty de Israel (Z”L). La avenida es ancha, adornada por altas palmeras, con pavimento y aceras impecables, y modernos edificios de apartamentos y hoteles. Ya de camino al puerto para tomar el ferry hacia Tarifa, otra obra bien construida y de una organización ejemplar, nos dimos cuenta de que necesitábamos más tiempo para disfrutar esta ciudad maravillosa que es Tánger. Nos prometimos volver a la ciudad blanca y del mar sin límites. Y claro, la próxima vez también iremos a Tetuán, cuna de mis padres y de muchos de mis ancestros. 












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