Retornar a Bilbao

Captura de imagen de un vídeo de la Cadena Ser de una manifestación pro-palestina en Bilbao.

Nunca he estado en Bilbao, ni tengo nada contra Bilbao ni contra los vascos. Hecha la aclaratoria, puedo relatar lo que alguna vez ya conté en un contexto similar al que estamos viviendo hoy en día. 

“Bilbao” era la palabra código que los judíos hispanohablantes del norte de Marruecos usaban para referirse a Israel en sus cartas y conversaciones. Por ejemplo, si algún familiar o amigo había emigrado a Israel decían que se había mudado a “Bilbao”. Cuando estalló la Guerra de los Seis Días en 1967, se hablaba de la situación en “Bilbao”. En ese entonces Marruecos era un enemigo del Estado de Israel, así que había que tener cuidado para no mencionar la palabra tabú. Marruecos había enviado tropas para luchar del lado árabe, aunque, todo hay que decirlo, la monarquía siempre protegió a los judíos. Recuerdo que cuando estalló la guerra en junio del 67 nos fuimos a Tetuán (vivíamos en Tánger) a casa de mis abuelos. Tengo fresca en mi memoria la imagen de soldados marroquíes rodeando edificios en la zona donde vivían los judíos tetuaníes para resguardarlos de posibles desmanes por parte de la población mora indignada por la victoria de Israel. Por cierto, hace un par de años salió a la luz pública que los servicios secretos marroquíes, por orden del entonces rey Hasán II, habrían ayudado al Estado judío dándole acceso a grabaciones de las conversaciones en las reuniones de la Liga Árabe en 1965.

Ahora Marruecos e Israel tienen relaciones diplomáticas. A pesar de las protestas escenificadas en varias ciudades marroquíes contra Israel por la guerra en Gaza, la verdad es que los vínculos entre los dos países parecen sólidos a pesar de todo. 

La referencia a “Bilbao” como palabra en clave para referirse a Israel viene hoy al caso por la misma razón que los judíos del norte de Marruecos preferían no pronunciar la palabra tabú. Tenían miedo. Y eso está ocurriendo ahora en varias partes del mundo. He escuchado a amigos decir que han quitado la mezuzá (el tubito que contiene escrituras de la Torá) de las jambas de las entradas de sus casas por temor a ser atacados. Una persona me dijo que ya no usa la estrella de David que llevaba colgada del cuello para evitar “incidentes”. En Ottawa, donde vivo, un negocio que vende comida casher (apta para judíos) ha sido asediado por manifestantes pro-palestinos que se apuestan en su entrada acusándolo de “cómplice” de Israel. Gente me ha relatado que evitan hablar de la guerra contra Hamás o de la situación en “Bilbao” en sus trabajos, donde hay colegas musulmanes. Los judíos en muchas partes del mundo prefieren ahora “pasar agachados”, como dice la expresión venezolana. No quieren identificarse como tales, al menos aquellos que no llevan signos evidentes de su judaísmo como la kipá (el gorrito) y los tzitzit (los hilos que cuelgan fuera de la camisa). La seguridad en sinagogas y centros judíos ha sido reforzada. Llevar una bandera de Israel puede ser causa de violencia verbal y física. En una manifestación contra el antisemitismo celebrada aquí, escuché a un viandante gritarles “payasos” a quienes portaban la bandera azul y blanca. 

Todo vuelve. En tiempos de la España inquisitorial, los llamados “marranos” tenían una doble vida. Eran cristianos en la calle, judíos en sus casas. Usaban la máscara cristiana para que no los acusaran de judaizantes, es decir, de practicar en secreto la Ley de Moisés. Hoy los modernos inquisidores nos llaman “sionistas”, la nueva palabra clave del insulto antijudío (ver la foto de una manifestación pro-palestina en Bilbao que acompaña este texto). Pensarán que insultarnos a partir de la referencia al movimiento liberación nacional judío (“sionismoa genozida”, se lee en la pancarta en euskera), los hace menos racistas. 

Lamentablemente, por puro sentido de supervivencia, algunos judíos han preferido volver a los códigos secretos para protegerse. Han decidido retornar a “Bilbao”.

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