Un blanco fácil

Debo confesar que, sin ser un judío ortodoxo y más bien escéptico ante cualquier ortodoxia, tengo una admiración particular por el movimiento Jabad-Lubavitch. Bajo el liderazgo del Rebe Menahem Mendel Schneerson (1902-1994) este movimiento originario de Polonia-Rusia sufrió una transformación radical en el siglo XX. Conocido solamente como el Rebe, el carismático rabino desde Brooklyn convirtió a este grupo hasídico en una inmensa red de emisarios instalados en cada rincón del mundo donde haya un judío. Jabad ofrece acompañamiento espiritual y facilita la conmemoración de las ocasiones festivas y no tan alegres en el calendario hebreo. El Rebe decidió que después de la catástrofe vivida por el pueblo judío durante el Holocausto, había que revitalizar la vida judía en el mundo entero. Y así lo han hecho con entusiasmo y dedicación. 

Los emisarios de Jabad están en la primera línea allí donde se les necesita, incluyendo sitios tan insólitos como Tailandia, las faldas del Himalaya, o aldeas turísticas perdidas en Centroamérica. Siempre con una sonrisa y un gran sentido de la hospitalidad, los rabinos de este movimiento y sus familias reciben a todos con los brazos abiertos. Son verdaderos exponentes del mandamiento “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. 


Los emisarios de Jabad y sus familias también han sido los blancos de terroristas cuyo objetivo es asesinar judíos. Lo acabamos de comprobar en el ataque contra una celebración de Januká en la Bondi Beach en Australia. Dos de las víctimas mortales fueron el Rabino Eli Schlanger y el Rabino Rabbi Yaakov Levitan, emisarios del movimiento hasídico allí. Lamentablemente, no es la primera víctima del terrorismo que viene de este grupo. El Rabino Gavriel Noach Holtzberg y su esposa Rivka fueron asesinados por terroristas en la Casa Jabad de Mumbai en India en 2008. El Rabino Zvi Kogan fue asesinado en Dubai en 2024 por islamistas que venían de Uzbekistán. Y en 2014 otro emisario de Jabad, el Rabino Joseph Raskin fue abaleado en las calles de North Miami Beach cuando caminaba a la sinagoga un día sábado. Aunque su asesinato no fue calificado como “crimen de odio”, está claro que los signos visibles de su judaísmo eran obvios para los criminales que lo mataron. 


En estos tiempos de antisemitismo desbordado, los emisarios de Jabad representan la expresión más visible de un judío. Sus sombreros y trajes negros, sus camisas blancas y sus barbas los identifican como indiscutiblemente judíos. Un judío como yo se confunde bien con la gente de cualquier religión y origen. No llevo la cabeza cubierta (kipá), ni cuelgan desde mi cintura las finas trenzas blancas (tzizit) que llevan los judíos ortodoxos fuera de la ropa. No hay nada en mi que me convierta en un blanco fácil. Pero ese no es el caso de los rabinos de Jabad que están regados por el mundo. Ante la mirada asesina de un terrorista son el primer blanco fácil de identificar. 


Eso no ha impedido que sigan haciendo su trabajo con alegría. Sí, con alegría, que es propio del espíritu del hasidismo y de su fundador en la Polonia del siglo XVIII, el Baal Shem Tov (liberalmente Padre del Buen Nombre). En su canciones, danzas y celebraciones con su toque de bebidas espirituosas, el hasidismo de Jabad es la personificación del servicio divino con plena alegría. Y así seguirá siendo a pesar del odio y la violencia.   


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