Eurovisión, Israel y la geopolítica de la música popular
La controversia sobre la participación de Israel en el concurso de música popular Eurovisión pone el dedo en una dolorosa llaga histórica: ¿cuán lejos pueden llegar los países europeos para convertir al Estado judío en un paria entre las naciones? Este año el concurso se ha celebrado en Viena (Austria) ciudad emblemática del antisemitismo contemporáneo, el de antes y el de ahora. Que el israelí Noam Bettan haya podido cantar allí a pesar de todos los pesares es ya una victoria. Una voz judía suena en Viena, capital austriaca que aceptó con júbilo el Anschluss, la anexión a la Alemania nazi en 1938.
Cinco países decidieron boicotear el concurso pues pedían que Israel no participara: España, Eslovenia, Irlanda, Islandia y los Países Bajos. Argumentaron los promotes del boicot que Israel no debía participar pues acusan al gobierno y sus fuerzas de defensa de haber cometido un genocidio en Gaza. La Unión Europea de Radiodifusión (EBU) aceptó que el cantante israelí participara.
A la controversia se ha agregado ahora una acusación de “manipulación de los resultados” por parte de Israel según un artículo del New York Times. Por cierto, el periódico tiene una línea editorial más que crítica hacia Israel y todo lo que representa el Estado judío. Ya no solo publica libelos antisemitas, como la inverosímil acusación de los crímenes sexuales contra prisioneros palestinos en las cárceles israelíes (justo antes de que se publicara un reporte que documenta los crímenes sexuales cometidos por Hamás el 7 de octubre del 23 y después). Ahora busca también desacreditar la actuación misma de Israel en Eurovisión.
La Estrella de David
La música popular se ha convertido en otro campo de batalla contra Israel. Eso resultaba impensable en otras épocas en la que la propaganda contra el Estado judío y el sionismo no habían contaminado todos los campos del quehacer humanos, desde la academia, la cultura, la industria y la investigación científica. Hoy sería imposible que en España se escuchara por streaming o en la televisión aquella canción que Juan Bau interpretó en 1976 llamada La Estrella de David. Allí Bau cantaba: “Aunque mi destino fue encontrar tu amor/
En tus ojos brilla la nostalgia/De otro despertar, de otro renacer/Bajo el cielo de Israel, laralá…Se alejó de mí en un atardecer/Con un beso a flor de piel/Y al decir adiós, poco antes de partir/Me entregó su estrella de David…”
Unos años antes, en 1971, los Bee Gees incluyeron en su LP Trafalgar la canción Israel, single que tuvo un modesto éxito en Bélgica (sí, el país que ahora está arropado por la sombra del islamismo más radical), los Países Bajos (el mismo que hoy boicotea a Israel) y en Nueva Zelanda. Cantaban los hermanos Gibb entonces: “Sabes que he visto tu caída tantas veces/he llorado por ti y eso es un crimen/Israel Israel Israel…Donde hay arena/ donde hay hermosa arena, sí/Tú sabes que tienes ese tipo de sentimiento/Que es inmenso/Tómame en tus brazos/Déjame estar contigo/Israel Israel Israel…” Si Barry Gibb lanzara esa canción hoy, sería boicoteado y cancelado en su propio país de nacimiento, Australia.
Y los rockeros del grupo Tequila, banda española liderada por el argentino Ariel Rot, grabaron una pieza instrumental llamada Israel que fue parte de su popular album Matrícula de Honor (1978). La pieza comunica mucha “marcha” como dirían en España, una fuerza que dibuja a Israel como un país pujante. Me imagino que a Tequila no se le ocurre interpretar Israel en escena hoy en día, y menos en España. Serían repudiados por el público.
Jerusalén de Oro
Israel tiene dos himnos, uno oficial y otro extra oficial. El oficial es el Hatikva (Nuestra esperanza), con letra del poeta Naftali Herz Imber y música de Shmuel Cohén inspirada en una canción folclórica rumana cuya melodía tiene resonancias con el poema sinfónico El Moldava del compositor Bedřich Smetana. El otro “himno” no oficial es la canción Jerusalén de Oro (Yeresulayim Shel Zahav, en hebreo) que compusiera Naomi Shemer en 1967 (poco antes que estallara la Guerra de los Seis Días). La melodía de Jerusalén de Oro es la de la canción de cuna vasca Pello Joxepe. Paco Ibáñez popularizó esa canción vasca de la tradición familiar en Israel. Shemer la aprendió a través de su amigo vasco.
¿Sería posible concebir hoy en día una situación en la que un cantante español inspire a una poeta israelí para producir una de las más emblemáticas canciones de Israel? Parece casi impensable. Pero los vaivenes de la geopolítica pueden hacer que las cosas cambien, y que se escuche en Europa, como se ha escuchado en el altiplano andino cantar “Israel, Israel, qué bonito es Israel…”, que interpretan Delfín Hasta el Fin, Wendy Sulca y la colorida Tigresa del Oriente.


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